viernes, 11 de septiembre de 2015

La persona más importante del mundo


En esos momentos siempre pensaba en lo mismo, en cosas intrascendentes y superficiales. “¿Llevaré bien el flequillo?, ya no me da tiempo a volverme a mirar al espejo”. O “¿por qué al final habré decidido ponerme estos tacones?, a caso no será lo mismo con zapato plano?”. “¿Qué haré esta noche para cenar? Me he ido de casa y no he dejado nada preparado”.

Todo estaba oscuro, parecía estar sola, pero oía murmullos a su alrededor, de los que quiso abstraerse, como de cualquier otra cosa que la distrajera de su particular concentración dispersa. Contradicciones que hacen que no nos aburramos de nosotros mismos.

Se ajustó por enésima vez los pantalones que le ceñían más de lo que le habría gustado. Pero así estaban las cosas. Resultaba humanamente imposible adelgazar un par de kilos al menos en unos segundos para que esa sensación de tener la cinturilla tan apretada desapareciese, así que lo mejor era olvidarse de que cabía justo en aquella talla.

“No he bebido agua —pensó—. ¿Por qué no habré bebido agua? ¿Me dará tiempo todavía? No, mejor me espero”.

Tampoco podía decirse que fuera la primera vez que se enfrentaba a una situación semejante, pero hay situaciones semejantes y situaciones semejantes… Y finalmente podía ser que aquella situación no se asemejara a ninguna otra anterior, a pesar de compartir la apariencia.

Recolocó las cartulinas que tenía entre las manos de nuevo, como había hecho apenas 30 segundos antes.

No estaba nerviosa. Hacía mucho tiempo que se había acostumbrado a estar al otro lado, el de los que son observados, por eso no le daba miedo el reto, ni la equivocación, tal vez sí un poco un traspiés, pero cualquiera de esas cosas pueden ser tan incontrolables como el azar mismo. Para impedir cualesquiera de esos imprevistos u otros de esos que siempre aparecen cuando menos se les espera, por eso son imprevistos, había repasado las fichas varias decenas de veces para no confundir la entonación, ni cambiar el sentido por no colocar una coma en su lugar. Todas las comas deben estar siempre en su lugar, el problema es que no siempre sabemos a ciencia exacta dónde van. Es un signo de puntuación caprichoso y polivalente y sujeto a menudo a la subjetividad.

Mientras deslizaba con cuidado los dedos índice y pulgar por la punta de su flequillo, sus pensamientos se extraviaban por el camino de la reflexión ortográfica y la alta consideración que tiene un buen uso del lenguaje… pero la música cesó y el momento decisivo se precipitó sobre sus hombros.

Romper el hielo, ese era el encargo. Captar la atención, el compromiso. Conseguir que todo tuviera sentido, la responsabilidad.

Esperó. En esos casos siempre hay una señal que anuncia el primer paso. El flequillo, la cinturilla apretada, los tacones, las comas, los puntos, los nervios que no lo son, o tal vez sí, se callaron y se quedaron quietos en esa parte del cerebro donde se guardan las cosas que no se necesitan, de momento.

La cabeza que observaba asintió. Y sus pies comenzaron a adelantarse el uno al otro con toda la elegancia con la que es capaz de desplazarse quien nunca se ha considerado elegante.

Cogió todo el aire que pudo por la nariz y lo devolvió al lugar del que había venido por la boca, pausadamente.

El último pensamiento fue para sus hijos.

En medio del escenario una luz circular marcaba el punto exacto en el que sus pies debían detener a su cuerpo. Se situó en el centro. Juntó los pies. Se aseguró de que la primera ficha de papel estaba en su lugar y levantó la cara. Pese a no verse casi nada, lo vio todo. Cientos de personas sentadas frente a ella esperando a que empezara a hablar, tal vez preguntándose qué iba a decir o cómo iba a hacerlo.

En aquel preciso instante fue consciente de lo insignificante de su papel. Solo un nexo de unión, dar paso, informar, ser pausa e hilo conductor. Ninguna de aquellas personas silenciosas y respetuosas estaban allí para escucharla. Pero iban a hacerlo.

Las primeras palabras que se oirían en aquel auditorio esa tarde iban a ser las suyas, y después de ella, personas cuyas ideas valen la pena ser contadas. Personas que cargan sus mensajes de esperanza, de futuro, de contenido, pero sobre de significado.

Era su segundo TEDx la Vall. Y justo antes de abrir la boca para desear buenas tardes y agradecer la presencia de todos en aquel auditorio en nombre de la organización, se sintió la persona más importante del mundo.

Romper el hielo, dar paso, lograr captar la atención y conseguir que todo tuviera sentido… Un regalo que me hicieron un equipo de profesores de secundaria de la Vall d'Uixó. Nunca un papel tan insignificante dentro de un proyecto cargado de ilusión y compromiso social, tuvo tanta trascendencia. Así lo viví.

Este post nace de las fotos que veo en el facebook de los teders por el mundo. Yo no soy un teder por el mundo (qué más quisiera…). Solo soy una víctima más del contagio de la esperanza y de la convicción de que se pueden cambiar las cosas a mejor. Por eso, desde el primer momento, el mundo del TEDx se quedó a vivir conmigo. 


viernes, 4 de septiembre de 2015

Yo resucité a Ovidi Montllor


Sí, fui yo. Yo resucité a Ovidi Montllor el día 30 de agosto de 2015. Solo necesité cuatro líneas, ni una más ni una menos. Yo soy la autora de la frase: “(…) han conseguido, por ejemplo, que el escritor Ovidi Montllor presentara en la localidad, dentro de la Setmana del Llibre, su última publicación: Un obrer de la paraula”, refiriéndome a un acontecimiento que se produjo en abril de 2015.
No fue un fallo de mi fuente de información, ni malinterpreté sus palabras. No fue un error de transcripción. Es mucho más sencillo: desconocía que Ovidi Montllor hubiera fallecido en el año 1995 víctima del cáncer y no presté la atención necesaria a un simple cartel, el que anunciaba el acto en cuestión. Me quedé en la superficie y el resultado fue la resurrección.

No me siento orgullosa de no saber, aunque reconozco que desconozco muchas más cosas de las que sé, es una enseñanza que me da la vida a diario. Por eso, donde unos ven un error gravísimo y otros un fallo sin mayor importancia, yo recibí una recurrente lección: equivocarse es demasiado fácil y hacerlo tiene consecuencias.

Soy periodista de vocación, alguna vez lo he dicho. Me creo la parte teórica de esta profesión que todavía hace mucho y muy bien por ese derecho fundamental que tiene la gente de estar informada. En este post no voy a entrar en el debate de esa otra parte en la que se hace tan poco y tan mal por el mismo derecho, porque opiniones hay muchas y esta es solo una reflexión personal sobre mis acciones, para nada pretenciosa. Sigamos pues.

Porque me creo mi trabajo comprendo la responsabilidad de todo lo que escribo si después va a ser publicado. El lector (lo mío es la prensa escrita), sabrá de lo que sucede por lo que yo le cuente. Nada más ni nada menos. Por eso entiendo la gravedad de haber afirmado que Ovidi Montllor estuvo en Nules cuando llevaba 20 años muerto.

No me gusta equivocarme, pero lo hice. Mi error puede haber irritado a algunas personas, puede haber confundido a otras y sin duda habrá malinformado a la mayoría, y todo en cuatro frases. Pero lo que más lamento, sinceramente, es que por no haber prestado la suficiente atención al texto de un cartel, el que pretendía ser un reportaje de promoción de una asociación local se haya quedado en una anécdota. De hecho, esa circunstancia ha motivado este post, haber encontrado una referencia a ese artículo en facebook, en el que solo se recoge una fotografía de esa párrafo, sin hacer referencia a todo lo demás.

Intento esforzarme al máximo en mi trabajo. Suelo preguntar mucho, incluso en exceso, pero porque quiero saber todos los matices, todas las perspectivas de lo que voy a contar a los lectores antes de ponerme a escribir. Y en el caso del reportaje que nos ocupa lo hice. Pregunté. Y me equivoqué en lo no preguntado.

Soy plenamente consciente de que el resultado de ese error será motivo de críticas, benévolas algunas y maliciosas otras, merecidas todas. Puede que se cuestione mi profesionalidad por este hecho. Lo comprendo y lo asumo. Las cosas que se hacen mal tienen más peso que las que se hacen bien, y como dice mi padre, “una vez que maté a un perro, mataperros me llamaron” y eso no lo cambiará este post, que solo pretende ser una expurgación.

Para qué mentir. Conocía de la existencia de Ovidi Montllor, tenía referencias suyas, pero no sabía que había muerto, ni que podía ser un símbolo de relevancia para muchas personas. Y no sabía eso, como tampoco sé otras cosas que para algunas personas pueden ser esenciales o de cultura general básica, de la misma forma que entiendo que esas mismas personas pueden desconocer cosas que para mí son trascendentales. Pero ahí estriba la singularidad de la imperfección humana. Otra cosa es si somos capaces de perdonar y tolerar la imperfección de los demás, o reconocer la propia.

Recuerdo cuando durante la carrera nos obligaban a hacer test de actualidad en la asignatura de redacción. Quien tenía un número determinado de errores no aprobaba el examen. El argumento era irrefutable: hay cosas que un periodista debe saber. Entre ellas no se puede desconocer, por ejemplo, el nombre del presidente de la Generalitat, la composición del Gobierno o cuántos países forman la UE (creo que esta la contesté mal), aunque es más disculpable la necesidad de conocer quien es el Director General de Innovación o la nacionalidad del último premio Nobel de economía. Estas cuestiones se pueden descubrir investigando un poco.

En el artículo en cuestión fallé precisamente en eso.

Este post es mi particular fe de erratas, en la que exculpo al periódico para el que trabajo, que se limitó a confiar plenamente en todo lo que yo escribí, como no podía ser de otra forma.

Y como no me gusta ser de las que tiran la primera piedra, porque no estoy libre de pecado, solo pido benevolencia, pero sobre todo que, tras reconocer el error, se preste atención al fondo de lo que quise contar.

Seguiré sin saber muchas cosas que otros saben y cuyo desconocimiento considerarán inexcusable, pero en mi patinazo no hubo maldad ni intencionalidad alguna, como sí que existe a diario en esta profesión tan denostada y que tanto venero con el consentimiento de muchos (y no me voy a extender más en este tema).

Precisamente por la ausencia de intencionalidad espero obtener el perdón del lector y que, después de darme un merecido cachete, siga confiando en que lo que le cuento es fruto de mi empeño por saber lo máximo posible, para lograr que quienes me leen sepan un poco más.



miércoles, 2 de septiembre de 2015

Solo sus ojos


Solo sus ojos me quitan las penas. Lo he dicho muchas veces, lo sé, y mis amigas a veces se han reído de mí por repetirlo tan a menudo, pero es verdad, creedme. Cuando abre los ojos y me mira me siento total y plenamente feliz.

No he tenido una vida fácil, por qué no admitirlo, pero no pienso en eso cuando estoy con él. Y es así desde el primer día, ese momento extraordinario que marca la diferencia en un existencia como otra cualquiera, la mía.

Nunca he hecho nada especialmente reseñable, al menos nada que no haya hecho cualquier otra mujer en mis mismas circunstancias, aunque me hubiera gustado, pero él…

Le arrullo entre mis brazos, como durante nueve meses lo albergué en mi vientre. No quiero que tenga frío, pero sobre todo no quiero que tenga miedo. Es tan pequeño…

Pierdo la noción del tiempo mientras observo el contorno de su pequeño rostro y pienso que casi no me he dado cuenta de lo deprisa que ha crecido. Hace apenas dos meses cumplió tres años, los tres mejores años de mi vida.

Respira pausadamente. Ha conseguido dormirse por fin. Sé que solo cuando lo recuesto sobre mi pecho, le rodeo con mis brazos y le susurro al oído la misma melodía de cada noche, se tranquiliza y deja de llorar.

Le acaricio ese pelo negro y enroscado que tanto me gusta. Casi el mismo con el que nació. ¡Cuánto pelo tenía! Tan oscuro como sus ojos. Mi pequeño es perfecto entre mis manos y me siento orgullosa de haber sido capaz de engendrar algo así. De nada me siento tan orgullosa.

No quiero que note que tiemblo. Ni quiero que sienta que estoy aterrada. Por eso sigo susurrando la canción que mi madre grabó en mi memoria cuando me protegía como solo una madre sabe hacer. Necesito que él se sienta tan seguro como yo entonces.

Durante muchos días he estado prometiéndole que vamos a un lugar muy bonito, que verá cosas preciosas, como las que alguna vez ha visto por televisión. Ayer mismo me preguntó si allí donde vamos también podrá jugar a la pelota y le he dicho que sí, que podrá jugar a lo que quiera, comer lo que quiera… Todo es mejor allí a donde vamos.

Todo se mueve bajo nuestros cuerpos y le aprieto más fuerte contra mí. Susurro la canción con más fuerza, por su miedo y por el mío.

Nunca jamás podré querer tanto. Nunca. Mi niño… Quiero una vida mejor para ti porque algo tan hermoso merece una vida mejor solo por haber nacido.

La humedad lo moja todo y el terror se convierte en vacío. Y mis brazos no me responden y mi niño ya no está conmigo. Le oigo llorar de nuevo y quiero aferrarlo a mí. Quiero seguir cantándole su canción al oído, pero su llanto se hace pequeño hasta que deja de ser…

Muero antes de morir, porque mi alma se parte, se quiebra, se hunde en el abismo del fracaso. No he sido capaz de protegerle, no he podido darle lo que le prometí.

Mi niño… Me dejo morir, aunque la muerte ya me llevó cuando la oscuridad me arrebató esos ojos que le daban sentido a todo.

Mi niño será una foto en todos los informativos, una foto que puede provocar muchas lágrimas… Unas lágrimas que serán como el agua del mar que me quitó las esperanzas, las ilusiones, que me quitó a mi niño…

Soy… bueno, mejor dicho fui una mujer como otra cualquiera, nacida en el lugar equivocado quizás… Quise a mi hijo tanto, tanto, que hice todo lo que estuvo en mi mano por darle la vida que estaba convencida que tanto merecía. 

Mi niño era un ser inmenso y extraordinario, como tu niño… como el niño de cualquiera.

Pero ahora mi niño solo es una foto que hace llorar, y yo soy una más. Fracasé porque quise alcanzar lo que otros tienen… o no fracasé, simplemente viví en un mundo que alguien no supo hacer bien. 

P.D.: Mientras seguimos viviendo nuestras vidas, otros dejan de vivirlas sin que tan siquiera quede una foto que nos rompa el corazón, como esta me lo ha roto a mí.



No me gusta hacerlo, pero he utilizado esta fotografía, que no es mía, porque... Porque ese niño era para su madre como mis niños son para mí, los tuyos son para ti... Y esta foto me ha hecho pensar en todas esas madres que no han podido salvar a sus niños... Todas esas madres a las que no les hemos dado la posibilidad de salvar a sus niños...



domingo, 2 de agosto de 2015

Una imagen vale más



UNA IMAGEN VALE MÁS
Para Antonio ‘Mira’ Sánchez Honrubia

Siempre he querido saber manejar bien una cámara de fotos y tocar el piano, pero como el segundo deseo carece de interés en esta ocasión, me centraré en el primero.

Por mi profesión y por las exigencias que suele tener un freelance de pueblo que debe valer, sí o sí, para un roto y un descosido, he tenido muchas cámaras entre las manos, algunas muy versátiles, con grandes recursos técnicos, que en modo automático son la leche. A pesar de ello y precisamente por ello, me defino sin rubor como una simple aspirante, un quiero y no puedo en modo auto.

            Seguramente cualquiera que me lea puede pensar que nunca es tarde, que con un poco de interés y de tiempo podría aprender las nociones básicas y entonces haría fotografías algo más decentes y disfrutaría en mis propias carnes de una pasión que hoy en día se conforma con la observancia… Pues os doy la razón a quienes así pensáis, por falta de lo primero y, en consecuencia también de lo segundo, aquí sigo, con una buena cámara entre las manos y muchos límites para conseguir un resultado más o menos decente.

            El caso es que soy una apasionada del fotoperiodismo, convencida de que, una vez más, algunas de esas máximas universales, de esas afirmaciones cliché tan recurrentes, tienen en el caso que nos ocupa bastante de verdad y ‘Una imagen vale más que mil palabras’, aunque me tire piedras sobre mi tejado, porque lo mío es contar las cosas, para ser más precisos, escribirlas. Pero es que no lo puedo evitar, cuando abro un periódico o una revista me dejo llevar por todo lo que cuentan las fotografías, que en el caso de los grandes profesionales del género, cuentan mucho más de lo que enseñan.

            Es cierto, en el fotoperiodismo tan importante como saber hacer la fotografía, es estar en el momento y en el lugar adecuado, pero no existe la casualidad, o para no ser tan categórica —que todo lo absoluto suele ser impreciso—, casi nunca existe la casualidad.  Hay que tener esa mirada, esa capacidad para ver lo que pasa y descubrir que vale la pena retener el fotograma.

            En un momento en el que los smartphones o los teléfonos móviles de última generación tienen unas cámaras que dejan patidifuso al más pintado, hay muchos aspirantes, como yo, que se enorgullecen de presumir de fotógrafos. Y no os digo nada de esos mismos aspirantes con una buena cámara a su alcance… Que no me malinterpretéis, cada uno es libre de considerarse lo que le venga en gana, yo en algunos momentos me considero espabilada y entonces me espabilo a golpe de no serlo. Pero es que hay quien piensa que cualquiera puede convertirse en informador o en fotógrafo por grabar un vídeo de un momento con interés informativo o hacer una fotografía con el móvil de ese mismo acontecimiento, pero eso no nos hace ni periodistas, ni fotógrafos, como darle una aspirina a alguien con dolor de cabeza no nos hace médicos.

            Todo este rollo, ¿para decir qué? Que hay que tener algo, además de los imprescindibles conocimientos técnicos, para tener esa magia en el disparador. Y yo conozco a varias personas con ese don, aunque este post es para una, posiblemente a la que más admiro, pero sobre todo, por qué no decirlo, a la que más quiero.

            Él es fotógrafo, de los de verdad, de los que tienen una formación y una experiencia a sus espaldas que hacen que las buenas fotografías no las haya hecho su buena cámara sola (como nos pasa a la mayoría), ni sean una casualidad, sino que sean fruto del conocimiento y la capacidad artística que cualquier buen profesional necesita para distinguirse de los demás.

            Él con un móvil en la mano no hace fotografías, hace postales, lienzos, hace poemas congelados.

            Él es ese fotógrafo que sabe como soy y, por lo tanto, sabe como hacer de mí la persona más atractiva del mundo a mis ojos, que eso es muy, pero que muy complicado.

            Él coge la cámara como una madre coge a su bebé: con cariño, sabiendo lo que le pasa y cómo solucionar sus problemas. La luz, la oscuridad, las sombras y los contrastes son sus aliados y la conexión entre sus ojos, su cerebro y el disparador tiene esa precisión indispensable para ver lo que será antes de que sea.

            Pero él, sobre todo, es una persona buena y sensible, que es la cualidad que más me gusta y la que hace que su trabajo tenga ese toque especial.

            Ahora, preso de las nuevas tecnologías como todo hijo de vecino, le ha dado por hacer fotos con su iphone 5S, o eso dice, porque yo no me lo creo. No me creo que pueda conseguir esos resultados con un aparato que para la mayoría solo sirve para enviar whatsapp, consultar el facebook y el correo electrónico, y de vez en cuando hacer o recibir llamadas. Porque un móvil no es una cámara réflex, es solo un móvil. Yo lo intento una y mil veces y solo congelo la imagen… Precisamente ahí está la clave, la diferencia entre los que son fotógrafos y el resto, que solo hacemos fotografías.

            Y es que además, no sé si consciente o inconscientemente, Antonio ‘Mira’ Sánchez Honrubia tiene un poco de fotoperiodista. Tiene esa mirada que capta el momento adecuado para contar cosas. Al menos a mi me las cuenta, quizás porque le miro con buenos ojos, quizás porque merece que cualquiera le mire con buenos ojos, quizás porque donde los demás vemos cosas, él ve el resultado.

            Algunos pueden pensar que este post es mucho hacer la coba… pues bien, esos algunos pueden pensar lo que quieran, pero es que Antonio ‘Mira’ Sánchez Honrubia me ha hecho muchos regalos desde que nos conocemos que merecen un agradecimiento a la altura. Me ha hecho el regalo de muchas fotografías extraordinarias, de muchos trabajos y proyectos compartidos, pero el mejor de todos ha sido conocerle, que no es familia, pero a veces es más que eso.

            De ti no aprenderé a ser fotógrafa, posiblemente por falta de capacidad o por falta de interés, pero sí que he aprendido a ver las cosas de otra manera, de una manera más bonita, y eso es más que suficiente.

            Una vez más tú me has regalado esta foto y yo, haciendo un esfuerzo por estar a tu altura (que no física, que a esa no llego… :P), te regalo este post.


P.D.: En la foto también está Rosa, otra buena amiga con la que los dos tuvimos la oportunidad de disfrutar de un proyecto genial... Es una excelente invitada ante la evidencia de no tener otra foto contigo.

lunes, 1 de junio de 2015

La mejor del mundo


La última vez que la vi me miraba con sus intensos ojos miel, aunque no tenían ese brillo tan suyo, propio de quien tiene una existencia sin preocupaciones, en la que no hay tiempo, ni nada más allá del aquí y el ahora. Sus ojos me decían “no me dejes sola”, o tal vez “¿por qué me has dejado sola?”. Todavía ahora me pregunto qué sentiría al mirarme en aquel preciso instante, su último instante. Es posible que sus ojos no me dijeran nada, ni su pensamiento hizo un último esfuerzo por comunicarse conmigo, y todo fue fruto del sufrimiento de un ser vivo que se alejaba de serlo.

Y se alejó tanto que no fue capaz de volver.

El 11 de septiembre del 2009 murió Nut. Era de noche, en la terraza de la casa de mi madre. Murió víctima de la enfermedad que no fui capaz de curarle, a la que llegué tarde o a la que simplemente no llegué.

El corazón se me encogió como se me encoge ahora que lo recuerdo después de tanto tiempo, y todo porque varias publicaciones de facebook se han empeñado en llamar mi atención sobre el hecho de que hoy, 29 de mayo, se celebra el Día mundial del perro sin raza, una de esas celebraciones que encantan a muchos y otros tantos no entienden. ¿Por qué celebrar un día mundial de nada?, se preguntan… Pues tal vez para que personas como yo recuperemos recuerdos como este… Es fácil que a partir de ahora ya no olvide que el 29 de mayo es el día del perro sin raza. O es probable que sí que lo olvide, por eso escribo este post, para que los recuerdos se queden aquí.

El 28 de julio de ese mismo año había nacido mi primer hijo. No puedo describir tanta felicidad, como tampoco creo ser capaz de explicar la mezcla de sentimientos que se desbordaron esos días por dentro, por fuera y por todas partes. Porque querer es querer, da igual a quién, cómo o por qué. Por eso, cuando te ves obligado a dejar de querer porque desaparece repentinamente el objeto del cariño, se sufre. Y yo sufrí por mi perro, de manera desconsolada, por sentirme impotente y por saberme responsable.

Solo unos gigantescos ojos azules llenos de consuelo diluyeron la pena. Todavía hoy siguen diluyendo todas las penas.

Porque sí, Nut era mi perra. La mejor perra del mundo, con todas las cualidades que se les atribuyen a los perros: leal, cariñosa, juguetona, alegre… ¿Qué voy a decir yo de ella?, era mi perra, la mejor del mundo. Una perra sin raza, pero con muchas otras cosas.

Como todas las personas a las que nos apasionan los animales, soy consciente de que para otras muchas personas este tipo de sentimientos relacionados con un ser vivo irracional, son tan irracionales como el propio ser vivo. “¡Con los dramas que hay en el mundo y tú preocupándote por un perro!”, “¡calla que lloraría yo por un perro, que solo es un perro!”.

Mi respuesta a este tipo de afirmaciones siempre ha sido la misma: tengo capacidad de sobras para querer a la gente que me rodea con toda mi alma y guardar un rincón para querer a un perro. El mundo iría un poquito mejor si todos tuviéramos la capacidad de compartimentar para querer un poco más todo… El mundo iría un poquito mejor si todos nos preocupáramos más por querer, simplemente. Y no querer de tener, sino querer de amar y respetar lo amado.

Nut era una perra sin raza, pero tiene muchas cualidades propias de quien no tiene marca ni pedigree. Nut era un espíritu libre. Sus ansias de libertad la llevaron a escaparse de la jaula de la perrera a la que fuimos a adoptar a un canino abandonado. Vino a buscarme, tal cual. Se lanzó contra mí con su pelo rojizo y sus ojos miel intenso.

Y nunca dejó de ser así. Las puertas abiertas eran una invitación a volar buscando posibilidades y como la curiosidad mató al gato, las ganas de correr y sentirse libre de Nut la llevaron a escaparse de sí misma para siempre.

Caminatas, paseos, reposos, horas y horas compartiendo silencios y motivaciones.

Nut era la mejor perra del mundo, comprensiva y paciente, que conmigo hay que tener buenas dosis de ambas cosas, pero a ella le sobraban. Nut me manifestó todos y cada uno de los días de su vida su agradecimiento por haberla liberado, y yo le devolví tanta entrega desmedida con el abandono. Ese triste sentimiento permanece tantos años después.

Lo sé, escucho a quien me dice que hice todo lo que pude teniendo en cuenta que otras circunstancias más relevantes requerían de toda mi atención. Pero con todo, todavía hoy sigo pensando que no fui capaz de recompensar su lealtad. El diagnóstico llegó demasiado tarde, y por consiguiente la muerte demasiado pronto.

Me dicen que Nut era la mejor perra del mundo y lo fue hasta el último momento, que ella sabía que acababa de tener un bebé y que las cosas no iban a ser tan fáciles para las dos como hasta ese momento y decidió jubilarse de mascota anticipadamente.

Me dejó su huella de cinco almohadillas en el corazón, una huella que ya no se borra, aunque llueva y nieve. Cariño contra viento y marea que pervive al tiempo.

Nut fue la mejor perra del mundo. Cabe la posibilidad de que para ella yo fuera la mejor dueña, porque no pedía nada más de lo que le daba, aunque yo crea todavía que no estuve a su altura. Sea como sea nuestra historia está escrita, en este post y en mi memoria por los siglos de los siglos, porque he llegado a esa etapa de la vida en la que ya no se olvidan las cosas verdaderamente importantes.



domingo, 29 de junio de 2014

Os presento a mi suegra...




Hoy os presento a mi suegra, la mujer que sujeta mi novela entre sus manos con esa sonrisa transparente y esa cara de buena gente.

Muchos podéis pensar que mi suegra es una señora como otra cualquiera y que puede que no tenga demasiada trascendencia un post que habla sobre una persona corriente, pero el que piense eso es porque es de ese tipo de gente que saca conclusiones antes de tiempo… aunque estoy segura de que ese no será tu caso (igual así ya he logrado condicionarte…, jejeje). Pero bien, tras el paréntesis, prosigo.

Hoy quiero hablar de mi suegra porque se ha leído mi novela.

Vaya, sin duda tampoco parece un gesto de especial relevancia. Mucha gente lee novelas y mucha gente hace como que las lee (yo alguna vez lo he hecho). Por otra parte es lógico pensar que es normal que la mujer se haya leído la novela de su nuera, pero la normalidad o la excepcionalidad de las cosas se la atribuimos cada cual dependiendo de muchas circunstancias.

Si me dejáis os cuento, porque contando es como la explicación trasciende.

En las últimas semanas, por causas que nada tienen que ver con esta historia y que por lo tanto no voy a relatar, mi suegra, a la que a partir de ahora me referiré como Maruja (al fin y al cabo ese es su nombre), ha tenido que pasar muchos días de acompañante en un hospital: mucho tiempo libre y muy poco que hacer. Me pidió leer la novela a pesar de que todavía no estaba impresa y leer más de 200 páginas en formato A4 a doble cara y con gusanillo no es muy cómodo, pero por supuesto se la dejé.

Sabía que iba leyendo porque me lo decía. Mientras tanto yo estaba tan satisfecha e intrigada como puede estarlo alguien que ha escrito una novela y sabe que otra persona la está leyendo.

Pues bien, hasta ese momento el relato de los sucesos parece la mar de insustancial, lo admito, aunque no lo sea en absoluto.

Ayer estábamos comiendo en su casa. Soy de esas nueras a las que les gusta comer en casa de sus suegros, porque es una buena manera de no tener que hacer la comida, es evidente, pero también porque me siento como si estuviera en mi propia casa.

Comimos y no dejamos de hablar, como suele ser habitual. Y como comprenderéis, es casi inevitable que de un tiempo a esta parte, especialmente después de la presentación de la novela, lo que pasa entorno a ella sea el centro de casi todas las conversaciones entre los míos. Valoramos la cantidad de gente que había acudido al acto, lo que había dicho fulanito o había hecho sotanito. Yo participaba en la charla satisfecha, mis suegros y Franc orgullosos. Rodrigo no nos hacía demasiado caso…

Entonces, no sé en que instante ni por qué motivo concreto, Maruja dijo que “es una historia que puede haberle pasado a cualquiera”.

Suelo prestarle atención a Maruja cuando habla, por educación y porque la atención es la base de la comunicación eficiente, pero tras aquella frase no pude evitar centrarme con más interesés en cada una de sus palabras.

Con la naturalidad con la que Maruja hace y dice todo lo que hace y dice, siguió explicando que le parecía que era como las series de televisión que suele ver, que “te enganchan y no puedes dejarlas porque quieres saber lo que pasa a continuación”.

También explicó que era una historia dura y, casi sin darme cuenta, la descubrí analizando parte de su contenido, la relación entre algunos de los personajes…

No quería que dejara de hablar. La escuchaba atenta porque me sentía sorprendida, pero sobre todo halagada, porque Maruja no decía “me ha gustado” o “no me ha gustado”. Maruja había interiorizado la historia y había captado los detalles fundamentales de la narración.

Maruja es una persona inteligente, no vayáis a pensar lo contrario, posiblemente lo podría demostrar con más recursos y soltura de haber tenido estudios, pero la vida ofrece diferentes posibilidades a las personas y ella se dedicó a darse a todo el mundo desde muy niña. Eso no quiere decir que no sepa, o que no comprenda, sabe y comprende perfectamente, porque tiene la experiencia que muchas veces no da la formación académica.

Maruja no me hará una reseña, ni tratará de buscar en el interior de la novela un trasfondo, ni se preocupará por el discurso literario que he utilizado. Ella ha leído una historia, la ha disfrutado y ha compartido sus sensaciones e impresiones conmigo.

Señores críticos y lectores 'expertos'… A partir de aquí pueden despedazar, desintegrar, desenmarañar y analizar al detalle cada uno de los párrafos de la novela que he escrito, no digo que no vaya a valorar su trabajo, ni que sus análisis no tengan importancia para mí, pero digan lo que digan, no podrán robarme el excepcional momento que he vivido en casa de mi suegra cuando, en la sobremesa, rodeada de su marido, su hijo, su nieto y su nuera, dio su particular visión de mi novela.

Pequeñas cosas que le dan sentido a todo…

Por eso mi suegra se merece este post y por eso se lo he escrito. 

domingo, 22 de junio de 2014

Una entrevista de todos


Soy periodista, posiblemente por ello conozco a muchos periodistas, muchos muy buenos, de los que a uno le apetecería elegir para que le hicieran una entrevista. Pero, también como les suele pasar a muchos periodistas, no me siento cómoda cuando soy la que tengo que responder a las preguntas en lugar de hacerlas. Mi vida no es más especial o más interesante que la vida de cualquier otra persona. Al final supongo que, por deformación profesional, siempre me ha resultado más fascinante saber, que contar.

Con todo, no es la primera vez que me hacen una entrevista, ni tan si quiera la primera vez que me entrevistan con motivo de la publicación de mi primera novela, pero hay entrevistas y entrevistas, tanto a la hora de plantearlas, como a la hora de responderlas. 

Alguien me pidió hace poco una y, sin atender demasiado a sus indicaciones (a veces tengo ese defecto...),  solo para divertirme y hacerlo con mis amigos, me propuse hacer algo especial, dando participación a algunas de las personas que están a mi lado en todo este proceso (pensando que siempre plantearían interrogantes más benévolos...) y este ha sido el resultado.

Me apetecía que fuera una entrevista distinta, por eso, a través de las mismas redes sociales que han hecho posible mi objetivo de publicar, hemos dado forma a una interviú de todos, tan de todos como la edición de mi primera novela.

Al final esta entrevista no deja de ser algo personal que es posible solo interese a los míos, pero me parece un motivo de peso para hacerla pública, aunque solo sea para agradecer su interés y sus interesantes preguntas.

Cada cuestión lleva un nombre, el nombre de una persona que ha querido saber un poco más sobre mí y sobre ‘En lo más profundo’.

MARINA NAVARRO RUIZ: ¿Por qué empezaste a escribir esta novela?

La verdad puede parecer muy simple, pero no lo sé. Imagino que a todo el que escribe le pasará igual o parecido. No sé cuándo empecé a escribirla, igual que no sabía cómo, ni cuándo iba a acabarla. Imagino que un día me senté en mi sillón de escribir y me puse a contar una historia que, después de un tiempo, se convirtió en una novela. Me di cuenta cuando fui consciente de que ya lo había contado todo.

MARINA NAVARRO RUIZ: ¿En qué te basaste para contar la historia que has escrito?

En las mujeres. Me gusta mucho escribir sobre las mujeres, sobre todo de cómo las mujeres se enfrentan a la vida, cómo superan las dificultades, cómo afrontan los problemas. Pero si la pregunta es si alguien podrá identificar algo de mi vida o de la vida de mi entorno en la novela, puede que sí o puede que no… Suelo contar situaciones verosímiles, aunque la realidad siempre supere a la ficción.

Mª CARMEN ARNAU: ¿Por qué la temática de la novela?

Desde mi punto de vista en la vida se nos plantean tantos conflictos a los que enfrentarnos, que cada decisión que tomamos puede marcar de forma decisiva lo que seremos o haremos a partir de ese momento. Cuando comencé a escribir esta novela fue lo único que me planteé, quería dar explicación a por qué la protagonista se enfrentaba a sus conflictos personales de una manera y no de otra. Somos lo que somos por todo lo que hemos vivido. Quería hablar de eso, pero también de si somos capaces de cambiar nuestra manera de enfrentarnos a nosotros mismos si no somos felices.

ANA MENDO: ¿En qué te inspiras cuando escribes?

Creo que no me inspiro en nada concreto, simplemente tengo ganas de escribir. Llevo haciéndolo desde siempre, desde que lo recuerdo, y siempre lo he hecho de la misma manera, un día me apetece sentarme delante del ordenador y todo fluye. No sé cómo funciona el cerebro en el proceso creativo, solo sé que funciona, aunque por regla general es un ejercicio de improvisación, no suelo poder escribir a nivel creativo en cualquier momento, solo cuando estoy en predisposición para hacerlo. Debe ser un efecto colateral de dedicarme profesionalmente a escribir.

IBAN TRIPIANA SÁNCHEZ: ¿Qué podemos aprender los hombres de tu primera novela?

No aspiro a que nadie aprenda nada con lo que escribo, nada más lejos de mi intención que dar lecciones, solo cuento cosas desde mi punto de vista. Pero puede que los hombres encuentren en ella una visión de las cosas con los ojos de una mujer. Aunque en lo que escribo siempre hay hombres, las verdaderas protagonistas son las mujeres, y lo que a ellos les sucede depende en mucho de lo que ellas hacen o dicen, de lo que dejan de hacer o callan. Soy una mujer orgullosa de serlo y me fascina saber o intentar saber cómo funcionan otras mujeres, por eso plantear como una persona imaginaria da respuesta a situaciones que yo provoco e invento para ella, me resulta fascinante.

IBAN TRIPIANA SÁNCHEZ: ¿La profundidad tiene sexo?

Sin duda. Está científicamente demostrado, y creo a pies juntillas en ello, que el cerebro de los hombres y las mujeres funciona de forma distinta, por lo tanto la profundidad tiene sexo. La profundidad en mi novela tiene sobre todo sexo femenino, pero también masculino, porque los personajes interiorizan de manera muy distinta el mismo conflicto, las mismas circunstancias y por lo tanto, su respuesta es necesariamente distinta. Solo me queda la duda de si he sido capaz de interpretar las respuestas que daría un hombre en las diferentes circunstancias que planteo, porque ni soy hombre, ni puedo aspirar a pensar como uno. Espero haber sido lo más aproximada posible.

ROSA BUESO: Cuando empiezas a escribir una novela, ¿en qué piensas? ¿Solo piensas en lo que te apetece escribir o intentas ponerte en la piel del lector para imaginar que le gustaría leer y así ir desarrollando el argumento y el desenlace de la historia?

Siempre he escrito para mí. Nunca he pensado en publicar y por eso mis historias siempre han sido un ejercicio de egolatría: escribo sobre lo que quiero y tiene que gustarme a mí. Hasta ahora siempre he contado lo que he querido sin pensar en terceras personas. Pero también es cierto que llegó ese momento en el que no me bastaba con satisfacerme a mi misma, supongo que ahí empezó todo. El caso es que ahora, cuando escribo me preocupa un poco más hacerlo bien, tal vez un poco más que la historia que cuento, al fin y al cabo es mi historia y la creatividad de lo que hago solo me pertenece a mí, las dudas surgen sobre si la manera de contarlo será la más adecuada para llegar al lector. Supongo que lo descubriré pronto.

MARINA NAVARRO RUIZ: ¿Qué hay de ti en la novela? ¿Tal vez tu pasión por los gatos?

Esa pregunta solo puede hacérmela una persona que me conoce mucho. Como ya he dicho en alguna ocasión, en mi novela hay un personaje real, mi gato. No es que esté inspirado en él, es él mismo que se metió en la novela. Soy una enamorada del reino animal, de sus reacciones y su interacción con la especie humana. Adoro a los animales de compañía y creo que en la vida de algunas personas juegan un papel fundamental que solo puede entender quien conviva con uno. Como alguien me dijo una vez, los animales te pueden aportar más que muchas personas… No quiero decir que sea así estrictamente, a mí las personas me han aportado y siguen aportándome mucho, pero me encanta vivir con mis dos gatos. No sé si ellos pensarán lo mismo.

MARINA NAVARRO RUIZ: ¿Estás preparando una nueva novela?

Teniendo en cuenta que ‘En lo más profundo’ la acabé en el 2008 y que no he dejado de escribir desde entonces, es evidente que sí, estoy trabajando en una nueva novela, pero como me sucedió con la primera, sin ninguna aspiración concreta. Necesito escribir, forma parte de mí. Supongo que publicarla o no dependerá de cómo acojan los lectores la primera. Es una presión con la que no contaba hasta ahora cuando me ponía a escribir, aunque realmente solo pienso en ello cuando no estoy escribiendo. Cuando estoy sumida en el proceso creativo no pienso en nada, sólo en contar lo que tengo en la cabeza. Aunque debo reconocer que estoy cuidando más los detalles. He aprendido mucho sobre cosas a las que antes no prestaba atención. Digamos que mi primera novela me ha ayudado a madurar como contadora de historias.

ROSANA DANIEL GARCÉS: ¿Qué te frenó en su momento y qué te ha impulsado ahora para que la novela vea la luz?

Me frenó lo mismo que me imagino frena a muchos, no saber responder a la pregunta de si tendrá la calidad suficiente para que les guste a los lectores. Como digo, siempre he escrito para mí, me han leído mis hermanas, mis primas, alguna amiga y con eso me sentía satisfecha. Presenté el manuscrito a varios concursos sin resultado y me desmotivé. Pero más tarde, escribiendo la segunda novela, me di cuenta de que no tenía una motivación clara. No sé lo que les pasará a otras personas cuando escriben, pero para mí contar las historias que cuento me lleva mucho tiempo y esfuerzo que le quito a otras cosas. Necesitaba una motivación más. Por eso un buen día decidí ofrecer a cinco personas a través de facebook que leyeran el original y me dieran su opinión. Buscaba a cinco personas con espíritu crítico, que no se cortaran a la hora de decirme la terrible verdad, si era necesario. En pocas horas aparecieron las cinco y en pocas semanas las cinco me dijeron que les había gustado. Jesús Montesinos, un conocido periodista al que aprecio todo lo que se puede apreciar a alguien que marca una época de tu vida, fue el que me dio el empujón definitivo. Y yo cuando me empujan no necesito carrerilla.

ROSANA DANIEL GARCÉS: ¿Has cambiado mucho o nada la novela desde que la escribiste y guardaste en un cajón, hasta que la rescataste?

Cuando preparaba la novela para enviarla a los concursos la leí dos veces y cambié muchas cosas, sobre todo de sintaxis, a nivel redaccional. Cuando me decidí a publicar la volví a leer y cambié algunas cosas del contenido, intensificando algunos momentos e intentando mejorar otros, pero la esencia de la historia ha sido siempre la misma. Aunque la verdadera pesadilla ha sido la corrección de las galeradas. Si hubiera leído una vez más la novela la habría cambiado toda…(jajaja). Como dice un escritor que he tenido la suerte de conocer recientemente, escribir no es solo sentarse a escribir, hay muchas cosas detrás y corregir es lo peor porque nunca te quedas conforme.

CARMEN BLASI: Qué te ha llevado a pegar el paso de luchar por publicar tu libro?

Sin duda sentirme respaldada por tanta gente. Lo he dicho muchas veces desde que inicié el crowdfunding, el subidón de autoestima cuando te pasa algo así es tan brutal, que el único objetivo es esforzarse por estar a la altura del apoyo que has recibido. Esa es la base del ‘luchar’, como tú dices, por publicar el libro, porque hay muchísima gente detrás.

HORACIO MARTÍNEZ ROJO: Cuando escribes, ¿vuelcas en tus historias hechos o acontecimientos relacionados con tu vida?

Poco, la verdad. Lo he dicho en alguna ocasión, la protagonista de mi novela no se parece en nada en mí. Posiblemente solo en que a las dos nos gustan los gatos. Sin embargo, mi marido, Franc, cuando empezó a leer la novela me comentó algo que me llamó la atención y no fui capaz de rebatir. Me dijo que habían muchas cosas de mí en ella. Él lo debe de saberlo mejor que nadie, incluso mejor que yo. Al fin y al cabo todos dejamos nuestra impronta en todo lo que hacemos y la novela debe de tener algo de su autora.

HORACIO MARTÍNEZ ROJO: ¿Cuánto te ha ayudado ser periodista a la hora de escribir?

Me encanta esta pregunta, porque no soy periodista porque sí, soy periodista porque siempre he querido serlo. Vivo mi profesión muy intensamente porque me encanta la comunicación y como todos tenemos preferencias, mi preferencia es la prensa escrita. Yo creo que la relación es a la inversa de como la planteas: llevar toda mi vida escribiendo me ha ayudado a ser periodista, a ser capaz de concretar las ideas para contarlas de la mejor manera posible para que el destinatario las entienda. Aunque supongo que llega un momento en que las dos cosas se retroalimentan, de manera que ser periodista y llevar tantos años ejerciendo esta profesión me ayuda a escribir, y seguir escribiendo a nivel creativo me ayuda a dar más valor a lo que hago diariamente y que a veces puedo confundir con la rutina.

Gracias a todos